Vivo en un laberinto,
no importa hacia dónde me dirija,
mi vida no tiene salida.
Unas veces reptando, otras saltando,
la mayoría corriendo, en ocasiones andando,
intento buscar entre las miles de opciones.
Siempre tropiezo,
Por callejones oscuros me voy moviendo,
palpando por las paredes,
siento, recibo, percibo, toco,
a veces arcadas me dan,
de la repugnancia que me producen
los olores, y las cosas que rozo.
Si en la distancia creo ver una luz,
corro a su encuentro,
tropezando, cayendo,
sin importarme la sangre que voy perdiendo.
Me estrello contra lo imposible,
araño, golpeo, maldigo y sigo.
No hay salida.
Me derrumbo, lloro, lamo mis heridas.
El cansancio se apodera de mi,
roba la energía que tenía para vivir.
Caigo en un sueño infinito,
del que ya no quiero despertar.
No voy a despertar.
Agazapada en la oscuridad
dejaré de respirar.